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Descubiertas por el legendario Francisco de Urdiñola, quien fuera sargento mayor de Hernán Cortés y fundador del marquesado de Aguayo, las minas de Mazapil, pertenecen a la diócesis de Zacatecas desde 1612.  El rústico campamento establecido sobre las vetas de plata en el siglo XVI, se convirtió a la postre en el Real de Minas de San Gregorio Mazapil.

 


  Aunque el archivo parroquial ha sido saqueado muchas veces, algunos documentos dan cuenta de hechos aislados, como la visita que hiciera el licenciado Francisco Santos de Oliveros, presbítero visitador de la diócesis de Zacatecas, el 3 de agosto de 1709.  Santos de Oliveros fue recibido por el doctor y maestro Juan de Casasola, cura beneficiario, vicario y juez eclesiástico del partido,  encontrando que todo se hallaba en estado conveniente.  Santos de Oliveros verificó la existencia de ornamentos nuevos, cálices, alhajas y demás pertenencias; también examinó los títulos y licencias de don Juan de Casasola y de su teniente de cura, Domingo Guerra.  Al primero le fue refrendada la licencia de confesor del obispado, incluido el permiso para confesar mujeres en castellano, mientras que a Domingo Guerra le autorizó a seguir predicando y confesando en castellano y en “idioma mexicano”.  Santos de Oliveros se enteró de la costumbre de enseñar doctrina cristiana en las haciendas aledañas y ordenó que cada mes se examinara sobre el tema a los sirvientes, empleados y demás personas del lugar.  También consideró urgente prestar atención al edificio de la parroquia, cuya construcción se encontraba bastante deteriorada.  El visitador informa que los vecinos de Mazapil daban una gran cantidad de limosnas a pobres que no pertenecían al Real, por lo que giró instrucciones precisas al vicario de la parroquia para que en adelante, no den paso ni camino para esos limosneros “aunque traigan licencia”, mientras la iglesia no quedara perfectamente reparada.  Tres años después se registra una visita episcopal, el 9 de julio de 1712, una solemne procesión escoltó la entrada de su Ilustrísima, el arzobispo de Guadalajara, Diego Camacho y Ávila, a quien recibió el cura interno, vicario y juez de partido, Juan Delgado, acompañado del alcalde, vecinos y mineros españoles.  La iglesia estrenó nuevos y ricos cálices de la mejor plata de las minas del lugar, en honor del insigne visitante.  El arzobispo Camacho y Ávila recorrió personalmente las carboneras de Agua Nueva y San Juan de los Ahorcados, situadas a aproximadamente 30 leguas del Real de Mazapil, donde nombró tenientes de cura para esas y otras carboneras.  Cuando regresó a Mazapil, su ilustrísima revisó los libros de cuentas de la fábrica de la parroquia y de varias cofradías, constatando con satisfacción que todo estaba convenientemente arreglado.  El obispo ordenó, entre otras cosas, que a los propietarios de las haciendas donde se trabajara los domingos, se les cobrara una multa de diez pesos, para destinarlos al presupuesto para la construcción de una nueva iglesia.  La fama y abundancia de las minas, con el consiguiente aumento de la población, hicieron a las autoridades concebir una nueva parroquia, con sus edificios de gobierno y su correspondiente plaza principal.  El Real de Minas de San Gregorio Mazapil fue así adquiriendo fisonomía propia y habitantes de alto poder adquisitivo.  Sin embargo, gran parte de los hombres y mujeres que llegaban a estos lugares para probar fortuna, distaban mucho de ser prototipos de honorabilidad.  El aislamiento geográfico, los escabrosos caminos y su consiguiente inseguridad, ocasionaban el asilo de prófugos y aventureros, lo cual fue, en opinión de las autoridades, la causa primordial de continuos actos delictivos, como embriaguez, blasfemia, bigamia, embustes, supersticiones y riñas.  Tampoco faltaban las denuncias de brujas, hechiceros y embaucadores, como aquel proceso donde ciertas mujeres aseguraban volar en forma de “cacalotes”, y además se mencionan parajes como “Las Cobrizas”, “Santa Olalla” y “Salaverna”, como sitios embrujados.  Así como el lujo y la ostentación de los habitantes era azarosa, lo eran también las ganancias obtenidas en su penosa labor y aún más su propia vida, dentro de los túneles, tiros, galerías y socavones, donde el peligro era constante.  Generalmente la vida podía perderse en cuestión de segundos y aunque se cuidaran tales riesgos, la salud duraba pocos años.  La suerte de haber salido a la superficie sin sufrir algún percance y regresar al Real sano y salvo, eran motivo de festejo.  Con el salario obtenido a un costo tan alto, por enfrentar derrumbes, inundaciones y un sin fin de accidentes, el minero, después de cantar el “alabado”, relajaba sus tensiones dándose al escándalo y al despilfarro.
 

Debido a esta moral desenfrenada, las autoridades eclesiásticas consideraron indispensable inculcar mayor piedad y devoción entre los feligreses.  En medio de este contraste de riqueza y escasez; de vida y muerte, comienza en San Gregorio del Mazapil, un linaje de navarros, sino ilustres, bastante hábiles con los dineros y las relaciones.  Al Tribunal del Santo Oficio se reporta que en el Real de Mazapil había serias dificultades de diversa índole moral y pocos miembros dignos de solucionarlos.  Primero llegó a la Nueva España el inquisidor Francisco de Garzarón, originario de Andosilla, Navarra, en 1708; ocho años después es nombrado visitador de la Real Audiencia y de otros tribunales.  Este primer navarro fue quien trajo a su paisano Juan de Urroz y Garzarón, a quien vinculó con el tribunal eclesiástico y otros grupos de poder.  El caso es que para 1731, Juan de Urroz ocupa el cargo de comisario mayor del Santo Oficio de la Inquisición en el Real de San Gregorio de Mazapil, con tal familiaridad que se presume su ejercicio de tiempo atrás.  Ante él, el vicario de la parroquia, Fray Antonio de Elizondo abre un expediente con las declaraciones de Luisa Manuela de la Cruz, negra retinta, dice textualmente, esclava del cura Don Marcos González Hidalgo.  La negra declara acerca de varios males que la aquejan y la mantienen enferma, para lo cual enseña una llaga en la frente y otra en el brazo, atribuyendo todos sus males a los enojos y pesares que le causaba Ignacia Díaz, a quien llama “coyota pequeña de cuerpo y chata de narices”.  A su vez la indiciada, Ignacia, estaba casada con Salvador García, alias Chiribichis, como dice el texto: “un lobo sirviente de don Juan de Urroz, en el ejercicio de la minería.”  Esta es la primera referencia al funcionario, que además de defender a la iglesia, también se dedica a realizar empresa en su mismo territorio donde ejerce la autoridad.  El Tribunal de la Santa Inquisición era el espacio donde se conocían y ventilaban la vida y milagros de los habitantes del Real, supuestamente bajo el más riguroso secreto, que en no pocas ocasiones podía utilizarse para manipular a la población en provecho propio.  La vara de alguacil y el escudo de la institución servían de armas y protección, según lo requirieran las circunstancias.  No se ha podido encontrar la fecha exacta en que Juan de Urroz fue designado alguacil mayor, pero indudablemente, dicho nombramiento significó el punto de arranque para acumular prestigio y patrimonio.  Además de funcionario real, minero y distinguido vecino, Juan de Urroz fincó su fortuna con la compra de tierras; el 8 de octubre de 1733 adquirió legalmente la Hacienda de San Juan Bautista de Cedros y la Hacienda de Caopas con todos sus agregados.  El vendedor fue Joseph de Miranda y Villayzan, como describe el texto: “dueño que fue de esta hacienda por su esposa Juana Bolidén y Elizondo.”  Ambas propiedades abarcaban 195 sitos de ganado mayor, 50 de ganado menor y 16 de caballerías de tierra.  En torno a las minas se creaba un mundo independiente con características propias.  La gente del laboreo necesitaba alimentos, habitación y servicios que paulatinamente se organizaban dentro del Real, pero el núcleo de abastecimiento de comida y bebida, el sitio donde se procesaban los metales, era la llamada: “Hacienda de Beneficio”, un espacio donde se integraban: agricultura, ganadería, minería y comercio.  Juan de Urroz y Garzarón estableció la unidad de todos los ramos y la estructuró para que su funcionamiento le permitiera ser autosuficiente, tener capital y participar en las decisiones importantes para el buen gobierno.  Sin embargo, este hombre de carácter individualista, que aprovechó sus influencias para buscar fortuna y crear un microcosmos autónomo, a la medida de sus deseos, no tenía herederos, por lo que tuvo que recurrir al mismo artilugio del cual fue objeto en su juventud.  Así como fue llamado por su presunto tío, Francisco de Garzarón, Juan de Urroz y Garzarón decidió pedir a sus parientes lejanos, de Oroquieta, Navarra, el traslado de alguno de sus sobrinos, para evitar la pérdida de sus esfuerzos con su muerte.  A cambio de tal envío, el funcionario y hacendado se comprometía a proporcionarle casa, vestido, sustento y educación; pero sobre todo, a transmitirle sus conocimientos y a nombrarlo su heredero universal.  Los navarros Pedro León de Lassaga y Catalina Gascué aceptaron el trato, y la vida del joven Juan Lucas dio un giro totalmente a su favor; pero esa es otra historia que platicaremos más adelante, sobre una de las riquezas del Real de San Gregorio del Mazapil.

 

En el pueblo del Real de Minas de San Gregorio Mazapil, el alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición, don Juan de Urroz y Garzarón, se hizo de enorme fortuna en pocos años.  Este astuto funcionario real, a quien no se puede probar cómo utilizaba su puesto para hacerse de tantos bienes y propiedades, no tuvo hijos, por lo que acordó con sus parientes de Navarra, el envío de un sobrino.  A cambio el funcionario le daría a este vástago casa, educación y sustento, además de transmitirle todos sus conocimientos, influencias y la cuantiosa fortuna, como su heredero universal que sería.  Los naturales de Oriqueta, Navarra, don Pedro León de Lassaga y Catalina Gascué, aceptaron el generoso trato, enviando a su hijo Juan Lucas de Lassaga y Gascué.  Así el adolescente emprendió la marcha desde tan lejano pueblo, con algo de ropa hilvanada por su madre, menos reales en el bolsillo y mucho miedo a lo desconocido.  Tan sólo fueron tres meses de camino al puerto de Cádiz, del año casi entero que le tomaría llegar hasta su nueva casa.  Mientras esperaba para embarcarse, Juan Lucas escuchaba tenebrosas historias del mar, como las furiosas tormentas, los abordajes de sanguinarios piratas y la temible broma, unos gusanos que lentamente carcomían la madera hasta hundirlos en altamar.  Por fin se hizo a la mar, y poco a poco, tocando puerto en islas del caribe, tuvo más idea de lo que le esperaba; pieles más que morenas, climas cálidos donde los marinos perdían la razón y cielos azules, intensos.  Por fin llegó a Veracruz, con su montaña nevada al fondo, como faro, el Citlaltépetl, o Pico de Orizaba.  Después vino la cabalgata hasta el Real de Minas de San Gregorio Mazapil, perteneciente al obispado de Zacatecas, entre cerros llenos de cedros, encinos y piñoneros, apareció la hacienda que más tarde sería suya, San Juan Bautista de Cedros, justo donde la serranía derramaba sus manantiales.  En ella lo esperaba su ilusionado tío, Juan de Urroz y Garzarón, a quien debió darle un abrazo totalmente indescriptible; no lo conocía, nadie en el camino pudo hablarle mucho de él, pero gracias a su deseo era un año más maduro, lleno de experiencias y visiones; gracias a él sería alguien en la vida.  San Juan Bautista de Cedros era una hacienda beneficiadora, siempre llena de provisiones para los mineros; a cambio daba los primeros tratamientos al mineral extraído.  La gente distinguía el lugar por los densos humos negros que salían de sus hornos, los cuales daban trabajo a muchos carboneros del lugar.  Juan Lucas fue testigo de la conclusión de la bella parroquia del Real de Minas de Mazapil, tallada en cantera blanca y consagrada a San Gregorio Magno, en el año de 1748.  

Dentro de tan bello templo no faltó la capilla dedicada a Nuestro Padre Jesús; la gente no recordaba que alguien hubiera traído al pueblo la impresionante imagen del nazareno; dicen que un día apareció en el camino entre la hacienda de Cedros y Mazapil, una extraña caja de madera, con bisagras y bien forrada de cuero.  Al abrirla fue tal la sorpresa que las primeras palabras del pueblo fueron: ¡Nuestro Padre Jesús!  Rápidamente fue puesta la imagen en su capilla, para protección y amparo de vecinos, mineros y hacendados del próspero Real de Minas de San Gregorio Mazapil.  Por supuesto, la campana mayor del templo, la más alta y sonora, también lleva su nombre.  En los días de mercado, trabajadores de las haciendas se aferraban a sus paliacates o quimiles, que doblaban con cuidado cuando la suerte les había sonreído en la mina, ya que guardaban pequeños trozos de mineral de alta ley o gallitos, derrochados en aguardiente y mulatas.  Por otro lado, los señores distinguidos se distraían en hablillas con las autoridades locales, mientras sus emperifolladas mujeres regateaban entre los puestos las provisiones de la semana, que cargaban sus esclavos hasta sus bodegas.  Juan Lucas de Lassaga y Gascué realiza su primer negocio en ese mercado, donde se hizo del abasto de carne de todo el Real, luego de que el indio Arnulfo, de oficio pregonero, ofrecía sus últimos precios.  El carnero valía en pié 20 reales, dos pesos en canal y 4 reales el cuarto.  Después de los 30 pregones reglamentarios, y de fijar carteles en los parajes de costumbre, nadie mejoró la oferta; así fue como el abasto de carne pasó a manos de Juan Lucas de Lassaga, durante los nueve años siguientes.  “Por ser yo criador de ganado de toda especie, asienta en su primer documento, en esta y otras jurisdicciones, como es público y notorio.”  El heredero de Juan de Urroz comenzaba a tomar las riendas del negocio, en una tierra disputada entre grupos seminómadas que añoraban sus ancestrales propiedades y españoles que buscaban metales, tierras y honores.  Para 1766, cuando el heredero cuenta con 34 años de edad, hace un recuento de los bienes que está por recibir y los describe.  La desconfianza por la pacificación nunca lograda, contra los ataques frecuentes de tribus indias, hizo levantar una gruesa y sólida tapia de 4 varas de altura, alrededor de la hacienda de Cedros, después de la cual vienen viñas y huertas, a modo de cerco, en torno a una casa amplia, cómoda y lujosa.  El casco de la hacienda, hecho con pisos de ladrillo, techos de viguería y ventanas encortinadas, tenía una sala decorada con nueve cuadros grandes de ángeles, otras pinturas más pequeñas y varias esculturas.  En los pisos de las recámaras había alfombras de puma, para protegerlas del frío; colchas de San Miguel de Acatzingo sobre las camas, un biombo grande maqueado, adornado de paja y con remates de oro.  Además de sus habitaciones personales en la planta alta, había en la planta baja trece piezas útiles, seis de ellas para hospedar a cualquier persona de clase, y una librería en el cuarto de despacho.  Frente a la casa, plaza de por medio, erigió Juan de Urroz una capilla y encargó para su decoración altares dorados, once esculturas de bulto, valiosas pinturas, un baldaquín grande de plata que salía de procesiones los jueves Santos y de Corpus, además de valiosas custodias, cálices, atriles, candeleros y otros artefactos de plata labrada.  Las imágenes estaban vestidas con joyas e hilos de plata, los mismos que usaban en sus atavíos los sacerdotes.  La hacienda contaba con todas las instalaciones para la fundición de metales: tanques de agua, casas para los empleados, otras para los mozos y también para los talleres de cada maestro: herrero, carpintero, sastre, zapatero y jabonero, entre otros.  Además de las bodegas, establos, graneros, cavas y rastros, utilizados para el comercio.  Los minerales se daban a cambio de vinos, aguardiente, granos, semillas, ganado mayor y menor con todos sus derivados, incluyendo el abasto de carne al pueblo y la fabricación de velas de cebo.  Las casas estaban rodeadas de huertas y viñas; tan solo la viña de Tescatitlán, dentro de la hacienda, estaba bañada por 14 ojos de agua, de cuyo cuidado se encargaban un mayordomo y el gamucero; de aquí partía el chorro de agua que movía la beneficiadora de metales, ahorrando fuerza de mulas y peones.  Fuera de ahí, en el pueblo Real de Minas de San Gregorio Mazapil, Juan Urroz contaba con una lujosa casa con dos salas, tres recámaras y dos cuartos muy decentes para huéspedes, frente a la plaza principal.  Juan de Urroz era dueño también de un rastro con dos oficinas, la habitación del carnicero, corral para carneros, cuarto para despachar al cliente, caballeriza y cochera, además de un amplio espacio donde los arrieros descargaban sus recuas de mulas, trayendo al Real novedades de los más diversos rincones del mundo.  Contaba ahí mismo con bodega de metales, y su respectiva tienda de artículos suntuarios de ultramar, como sábanas de bramante florete, manteles y servilletas de alemanisco y toallas de Francia, artículos que al llegar arrancaban el suspiro de las damas de mejor clase.  Las mujeres esperaban ansiosas que los empleados abrieran las cajas donde brotaban telas finas y de fantasía, como el caniquí de la India, las holandas y las batistas de Cambray para la confección de ropa interior y camisas.  Medias de Italia y de Sevilla, brocados, tafetanes, velludos y camocanes, que el sastre Juan Joseph Marcelino convertía en abrigadoras capas para el invierno.  Las mulatas se disputaban las arracadas, las mujeres de los mineros preferían aretes de metal fino, collares de perlas, cintillos de seda; joyeles y broches con piedras preciosas.  También llegaba el cacao de Caracas para la merienda; pulque, tabaco y aguardiente para aliviar las penas de los mineros; bateas de Michoacán, mantas de Puebla y lacas brillantes de China, junto con marfiles, cristalería, porcelanas y tapetes.  Estas casas en el Real estaban escrituradas a Juan de Urroz, desde 1749.  La hacienda de San Lorenzo, cercana al pueblo de Santa María de las Parras, y dedicada al cultivo de viñas, también le pertenecía.  La casa contaba con 28 piezas, incluidas oficinas, bodegas y sótanos donde se elaboraba y conservaba el vino y el aguardiente.  El peligro de los ataques indios obligaba a los habitantes de la hacienda a tener siempre cerca la escopeta, adargas y espadines.  Estos eran los bienes de Juan de Urroz y Garzarón, a punto de heredar a su sobrino Juan Lucas de Lassaga y Gascué.  Pero este extracto de la vida del Real de Minas de San Gregorio Mazapil, que podemos leer a través de los documentos hoy guardados en el Archivo General de la Nación, continuará en otra ocasión. 

 

Enclavado en la serranía de lo que hoy es Zacatecas y Jalisco, estaba el Real de Minas de San Gregorio Mazapil, un pueblo de muy altos contrastes sociales.  Por un lado estaba la riqueza de su Parroquia, su plaza y sus Casas Reales, y ni qué decir de la fortuna de hombres como Juan de Urroz y Garzarón.  Sin embargo, en las calles había muchos pobres e inválidos, muchos de los cuales fueron antes mineros que invirtieron sus bienes en explotar alguna veta, pero las borrascas, derrumbes e inundaciones los dejaron en la miseria, sino es que muchas veces lisiados.  Si tenían suerte y vivían más tiempo, la frialdad y humedad de las galeras y los socavones, en contraste con el calor intenso y humo de los hornos de fundición de la hacienda, les dilataba las coyunturas hasta dejarlos sin movimiento, enfermedad conocida como engraso.  Estos mineros se convertían en desechos humanos que dependían de su propia astucia para sobrevivir o de la caridad del hacendado; quizás podían desempeñar algún servicio en las viñas, en los sembradíos, pastorear ganado o trabajar en los quehaceres de la casa.  Las ordenanzas cooperarían para mejorar las condiciones de vida de la población y disminuir la tensión y los estallidos de violencia, que siempre derivaban en escándalos, producto de la embriaguéz o del consumo de plantas alucinógenas con los que intentaban evadir su triste situación.  Mientras tanto, Juan Lucas de Lassaga y Gascué, heredero de la hacienda de Cedros y de la cuantiosa fortuna de su tío, Juan de Urroz, cada día asimilaba los conocimientos y la experiencia necesaria para administrar esta riqueza, bajo sus propios criterios.  La capacidad innegable de Juan de Urroz, su fuerte personalidad como funcionario real y extrema cortesía y afabilidad hacia las autoridades reales y capas superiores, fueron el modelo y guía en su formación.  Con la certeza de que algún día pasaría a sus manos este inmenso legado, Juan Lucas aprendió la administración de la hacienda, de las minas, negocios de comercio y trato con la gente.  Pero sobre todo, la importancia de formar parte de la autoridad y cómo utilizar todos esos vínculos.  Al mismo tiempo que le hacía practicar los múltiples aspectos de sus ineludibles asuntos, Juan de Urroz le proporcionó una sólida cultura aprendida de los libros; así Juan Lucas demostró interés por las innovaciones de la ciencia y la técnica, que en esos momentos vivía en Europa su renacimiento, además de las obras como la enciclopedia, que estaban revolucionando la política y las mentes de occidente.  El nueve de abril de 1753, Juan de Urroz y Garzarón hizo su testamento.  Declaró ser oriundo de Oroquieta, Navarra, hijo legítimo de Pascual de Urroz y Garzarón y María Heriri, ambos difuntos.  No consta su fecha de nacimiento, quizá por no dejarla registrada o por el deterioro del documento.  Tras el preámbulo común, dispone que su cuerpo fuera amortajado con el hábito de San Francisco y sepultado en el Real de San Gregorio del Mazapil, en la capilla de Jesús Nazareno, que con fuerte sumas de dinero contribuyó a construir, debajo de la lámpara votiva.  De esta manera, Juan de Urroz intentaba que su memoria no pasara al olvido, disponiendo además que con los réditos de su inversión se celebre el día 20 de enero de todos los años perpetuamente, fiesta a San Sebastián y Fabián abogados contra la peste, con vísperas, misas cantadas y procesión de rogativas.  Entre los albaceas, el que fuera también alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición en Mazapil, nombró al cura vicario de Monterrey. Agustín de Acosta, a su sobrino Juan Lucas de Lassaga y a Juan Miguel de Olaga, quien vivía en la casa de la Hacienda de Cedros.  También ordenó repartir 500 pesos entre los pobres del Real y destinar otros 50 para ayuda de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario.  El dos de octubre de cada año debía celebrarse una misa a los ángeles custodios y dejaba como manda dos mil pesos para la construcción de la casa del pósito.  Al final, disponía que acatada su última voluntad y pagadas las mandas, legados, limosnas y multas, en atención a no tener herederos forzosos ascendientes ni descendientes y, como dice textualmente: “al amor y a la fidelidad con que el dicho don Juan Lucas de Lassaga, mi sobrino, me está asistiendo y del que dejó a sus padres que me lo enviaron para mi alivio, le erijo y nombro por mi único heredero.”  Un mes después, Juan de Urroz recibía la fortuna de su primo y vecino, Juan Joseph de Alas, natural de Beunza, Navarra e hijo de Pascual de Urroz y María de Villanueva, quien había vivido en el Real de Mazapil.  La fortuna de quien había sido su primo, ascendía a 5 mil 774 psos y 7 onzas de plata labrada, más platillos, cucharas, tenedores y un salero.  Juan Joseph de Alas nombró a su primo, Juan de Urroz, heredero universal de sus bienes; también dispuso repartir su ropa de uso entre los pobres del Real.  La cuantiosa fortuna así se unía a la herencia total que estaba próximo a recibir Juan Lucas de Lassaga.  Corría en año de 1753 y Urroz no dejó de vigilar ni un momento sus vastas propiedades con extraordinaria energía, ni de afianzar sus vínculos comerciales, ni mucho menos políticos.  Ese mismo verano viajó a su hacienda de San Lorenzo, en Parras, donde estuvo algunas semanas supervisando los trabajos de los viñedos y nombró como administrador a Miguel de Anduenza, antes de regresar a su principal hacienda, San Juan Bautista de Cedros, sitio que eligió para morir.  Tan perfeccionista como fue en vida, Juan de Urroz dispuso todo justo antes de elegir su momento de muerte, el cual llegó el 8 de septiembre del mismo año de 1753, con Juan Lucas de Lassaga a su lado.  El luto en el Real y sus alrededores fue bastante público.  Las camapnas tañían mientras en cadáver era trasladado desde la hacienda de San Juan Bautista de Cedros hasta la parroquia de San Gregorio, del Real de Mazapil, donde la imagen de Jesús Nazareno lo esperaba.  Transcurridos los nueve días de rogativas por el descanso de su alma, Juan Lucas comenzó los trámites legales para hacer valer el testamento y asumir el beneficio, pero también el arduo compromiso contraído.  En el mismo legajo del testamento, se encuentran las cartas y los trámites efectuados por ser menor de edad, ante el gobernador y capitán general del Reino de la Nueva Galicia, Joseph de Basarte.  Más adelante, Juan Lucas de Lassaga y Gascué se trasladó a la capital de la Nueva España, y durante la década de los sesenta de aquel siglo, se convertiría en un personaje prominente en el ramo de la minería.  Las Reales Cédula de 1761 informan acerca de la resolución del Rey Carlos III, que desde su residencia del Buen Retiro, en marzo de ese año, confirió a Lassaga el cargo de juez contador de Menores y Albaceazgos para la ciudad de México y cinco leguas a la redonda.  El 4 de octubre de 1762, Juan Lucas contrajo matrimonio con María Antonieta de Iturbide y Rivera, hija legítima de don Miguel Joseph de Iturbide, ya difunto y de doña María Ignacia Rivera y Villalón, ya casada en segundas nupcias con Joseph González Calderón.  María Antonieta era heredera de una dote que ascendía a 71 mil 37 pesos, 7 reales y ¼ de grano; dote que se pudo cobrar hasta cinco años más tarde.  Pero a Juan Lucas no le urgía tal cantidad, ya que su patrimonio es mucho mayor; la hacienda de Cedros estaba valuada en 150 mil pesos, la hacienda de San Lorenzo en 200 mil; también cuenta con un rancho, llamado Gatemapile, en Saltillo, valorado en 12 mil pesos; el rancho de la ciénega, valuado en 4 mil; y el de la Covadonga, que valía 3 mil pesos.  Sólo el valor de los cascos ascendía a 379 mil pesos, sin contar muebles, semillas, aperos, la tienda de Mazapil y otra en Zacatecas.  La descendencia de Juan Lucas y Maria Antonia se hizo esperar, hasta el 12 de enero de 1775, bautizado como Antonio María José Rafael Fermín Ignacio Francisco de Paula, en el Sagrario Metropolitano y apadrinado por José Fernández de Cevallos.  El segundo heredero nació dos años más tarde y se llamó Fernando Juan  Antonio Rafael Luis Manuel Fermín, y su padrino fue Miguel González Calderón, familiar del segundo esposo de su suegra.  Juan Lucas de Lassaga y Gascué tenía su casa en el callejón de Betlehemitas, ya poco tenía que ver en sus haciendas lejanas, porque los cargos y encomiendas reales lo fijaban en la ciudad, además de que gustoso seguía entretejiendo sus contactos y negocios.  En 1763, cuando la Nueva España se encontraba seriamente amenazada por invasiones filibusteras en la plaza de Veracruz y en el castillo de San Juan de Ulúa, ingenieros y oficiales expertos reforzaron las obras de fortificación y las autoridades compraron armas y pertrechos para atender la emergencia.  Juan Lucas de Lassaga aportó una fuerte cantidad para auxiliar a la corona en sus urgencias y costeó la formación de una compañía del Regimiento de Dragones.  Dichas acciones, seguramente influyeron en el ánimo del monarca, y en diciembre del mismo año, 1763, el virrey, marqués de Cruillas, nombró a Juan Lucas regidor perpetuo.  Pero principalmente, Juan Lucas era una persona influyente en el ramo de la minería, por lo que el 9 de agosto de 1775, fue nombrado, junto con Joaquín Velásquez de León, Diputados Generales de toda la minería de la Nueva España, “para promover cuanto conduzca la utilidad y provecho de ella”.  El nombramiento señala que por orden del rey, ambos debían dedicarse a la elaboración de reglamentos generales para el gobierno económico de esta actividad.  Con este fin debían reunir a los diputados de los Reales de Minas de Zacatecas, Guanajuato, Taxco, Bolaños y Sultepec.  Lassaga y Velásquez, administrador y director del Tribunal de Minería, respectivamente, tenían facultades amplias en este ramo; además de todos sus cargos que Lucas ejercía con generosidad y presteza.  En el archivo histórico del Palacio de Minería, y en el ramo correspondiente que hoy se guarda en el Archivo General de la Nación, son muchos los documentos y referencias a Juan Lucas de Lassaga, hombre que dio sus mejores esfuerzos en este quehacer.  El natural de Oroquieta, Navarra murió el 7 de febrero de 1786, ocupando hasta esa fecha los cargos de presidente y administrador general del Real Tribunal de la Minería de la Nueva España; regidor perpetuo, juez contador de menores y Albaceazgos; caballero de la Orden de Carlos III y consiliario de la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos.  La mañana del 9 de febrero de 1786, una solemne procesión luctuosa acompañó el cadáver, desde su casa del callejón de Betlehemitas, hasta la iglesia de San Francisco, donde se celebró su funeral.  Probablemente sus restos fueron depositados en la capilla de Aranzazu, del mismo complejo eclesiástico, eje de las cofradías más importantes de la Nueva España. 


Fuente:  * Archivo General de la Nación. 

              * Investigación realizada por María Teresa Bermudez.

              * Estracto preparado por Hector Javier Pérez Monter.

 

 

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Esta página se actualizó por última vez el 07/02/03.